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SINIC / Colombia Cultural

En Colombia existen un sinnúmero de manifestaciones culturales que expresan la variedad étnica, religiosa, de costumbres, tradiciones y formas de vida de su población, así como su riqueza natural y diversidad de climas, geografías y paisajes, entre otros.

En este módulo podrá consultar información relacionada con temas culturales como arqueología, festividades, mitos y leyendas, danzas y personajes, de cada uno de los departamentos de Colombia. Esta información le permitirá comprender de manera fácil y rápida los aspectos más relevantes de la cultura propia de cada región, con el fin de estimular el conocimiento y difusión de la riqueza cultural del país en todas sus expresiones.

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Colombia Cultural

Vestuario - BOGOTÁ, D.C.

El vestuario actual en Bogotá es muy heterogéneo, al ser la capital del país y una metrópoli de grandes dimensiones evoluciona en todo sentido y especialmente en lo que se refiere al mundo de la moda.

Se llevan a cabo diversos eventos y ferias internacionales y nacionales especializados en diseño, actividades como El círculo de la moda celebrado cada año, o Bogotá Fashion y desfiles independientes que promueven las nuevas creaciones de jóvenes diseñadores locales.

Observaciones sobre el vestuario bogotano de mediados del siglo XIX, Carl August Gosselman.

 

“Al pasearme por la calle real, la principal de Bogotá, me he entretenido mirando los contrastes del vestuario, que me llevaban a pensar que mediante esa apreciación pueden encontrarse los hábitos característicos de cada zona. Es así como puede observarse a un señor envuelto en su capa azul y cubierto con un negro sombrero muy bien puesto en su cabeza, avanzar suelto y pausadamente, al tiempo que a su lado camina un personaje cuyo sombrero de raíces livianas y saco sencillo de lino parecen dar a entender que no lo considera molesto. Para ellos tampoco tiene importancia. En sentido contrario veo venir grupos de mujeres que traen sus cabezas libres y llevan vestidos livianos, a pie descalzo o con alpargatas, las que parecen mirar con envidia el vestuario de las damas elegantes que caminan delante de ellas. Estas últimas traen sobre sus cabelleras un sombrero, visten falda negra de seda como las medias, una mantilla y zapatos. Miro más adelante y contemplo algunas señoras que se visten a la usanza europea. El sombrero tan tradicional ha dejado su lugar a uno de gran colorido y plumas teñidas del mismo color que éste, o bien usan sombreros con flores artificiales, al tiempo que la mantilla ha sido reemplazada por una vivaz pañoleta de colores que se anuda lo mismo que las mantillas, con una de sus puntas metida bajo el sombrero, la del medio mantenida sobre el pecho y la de más abajo colgando coquetamente por la espalda.

 

Las gentes de la capital, cuya sangre española se halla mezclada con más o menos gotas de sangre india, tampoco en la indumentaria se distinguen en modo alguno de los europeos, y, por el contrario, tratan de superar a éstos en el refinamiento de su aspecto exterior. En efecto, al extranjero le llama inmediatamente la atención el gran número de señores ataviados con elegancia y finamente compuestos. Allí se ve a los comerciantes, reunidos en grupos en la calle, ante los edificios del gobierno o a la entrada de los bancos. Y luego la caterva de los políticos, gentes desocupadas y sin profesión, la plaga de este hermoso y buen país, que acaso antes, bajo aquella o la otra administración, han ostentado un cargo oficial y que ahora están a la espera y urden intrigas hasta que un nuevo período, de los que ordinariamente cambian la provisión de todos los cargos, les vuelva a colocar en algún empleillo. Se ve también a los estudiantes universitarios y alumnos de los diferentes centros de enseñanza media; todos ellos gustan de vestir bien y no les desagrada la vida callejera. Hay que agregar la gran legión de los poetas, los muchos maestros y catedráticos, los periodistas, abogados, médicos, agentes, etc., sin olvidar a aquellos privilegiados que no hacen nada absolutamente y cuya atildada y compuesta apariencia es el mayor misterio del mundo. Menos monótono resulta el atuendo de los que se envuelven en la capa española y saben llevarla bien, cosa no muy fácil. Entre los criollos abundan las figuras nobles y hermosas; hombres de complexión fuerte, pero fina, de tez transparente, ligeramente tostada, bella nariz, abundoso cabello negro y oscura barba; de cuando en cuando se ven también rubios (monos) de aspecto normando. Su paso es elegante, su voz agradable, su habla vivaz, teñida de cierta indolencia. En todo su aspecto hay algo sereno, abierto, cordial, simpático.

 

De vez en cuando pasan jinetes, con su pintoresco traje de montar o con indumentaria de viaje, cabalgando sobre corceles, las más de las veces, de buena raza, pequeños, esbeltos y de soberbios cuellos.

 

El traje de montar europeo empieza a introducirse poco a poco y sólo se lleva para cabalgadas por las cercanías de la ciudad. Otras personas montan sin ningún atavío especial, como hacen los médicos, que se sirven del caballo, incluso por las mismas calles de Bogotá, para realizar más prontamente su visita. Y también alguna vez se ven amazonas, elegantes y diestras en el dominio de sus cabalgaduras.

 

Las jóvenes bogotanas de raza blanca que encontramos cuando van de compras o a la iglesia, pueden calificarse, en su mayoría, de muy hermosas. Son pequeñas, pero de elegante figura, la que, sin embargo, no se manifiesta suficientemente, debido a que la bogotana viste por la calle de modo muy sencillo y de negro. Sus atavíos más lujosos los reservan para el salón o el teatro. Del torso a la cabeza, a veces envolviendo a ésta enteramente, cumple su cometido la inevitable mantilla, frecuentemente ornada de preciosos encajes, y cuyos delicados pliegues insinúan lo inaccesible, accesible al propio tiempo, de su condición. A través de esta negra veladura, mira el expresivo rostro. El cutis de las auténticas bogotanas, cuyas familias residen desde mucho tiempo en la capital, es pálido, transparente y mate. Las muchachitas cuyos padres se desplazaron del campo a la ciudad desde hace una o dos generaciones, se distinguen por sus mejillas rojas y de suma delicadeza, que florecen como rosas sobre la tez blanca. Los ojos, siempre fascinadoramente bellos, amables y un algo burlones, son castaños o negros y muy brillantes. Las trigueñas y las rubias abundan menos.

 

Las señoras mayores y las matronas, a las que desatentamente no he nombrado hasta aquí, van también de negro, color que, por supuesto, les sienta muy bien, y no tienen nada que envidiar a las europeas ni en dignidad ni en nobleza de talante.

Mucha menos atención dedica el forastero a los pobres indios de raza pura, atraído principalmente por la contemplación de la gente blanca o mestiza. El forastero siente instintivamente que se encuentra, más que frente a seres individuales, frente a una masa que gusta de deslizarse lo más silenciosa y humildemente. El indio, "civilizado" y "convertido" al cristianismo, lleva toscos calzones de un tejido de fabricación casera. Su camisa está casi siempre sucia. Sobre ella viste la ruana, prenda cuadrada, fuerte y de color oscuro, con una abertura en medio, por donde se introduce la cabeza (el poncho mejicano). El indio va descalzo o lleva una especie de sandalias (alpargates). Predominan los hombres de constitución fuerte, de tez de tono cobrizo o aceitunado, cabello lacio y corto, escasa o ninguna barba y ojos vivos que expresan su carácter astuto, algo indolente y muy desconfiado. Las indias jóvenes raramente rebasan la estatura mediana, pero tienen bastante buena figura, si bien son algo toscas y torpes. Los rasgos y expresión del rostro presentan caracteres de gran regularidad y hasta de hermosura, y el pelo, aunque no muy cuidado, es bello y negrísimo. Su indumento es de lo más sencillo; el torso se cubre con una simple camisa, o a veces con una tosca mantilla negra. En la ciudad las indias trabajan como sirvientas y lavanderas, y entonces van mejor vestidas y más limpias. Pero las viejas presentan un aspecto de lamentable abandono y de suma fealdad. A los indios se les ve en los barrios extremos, agrupados a docenas en algunas de las muchas tabernas o tiendas, de pie junto al mostrador tomando la bebida popular, la chicha, un líquido amarillo y espeso, parecido al vino nuevo y hecho de maíz fermentado; es de fuertes efectos embriagantes. A veces los vemos conduciendo por la ciudad sus mulas, éstas bajo el peso de grandes cargas. Otros llevan a cuestas jaulones con gallinas o cargamentos de leña, carbón u otras mercancías. El correspondiente fardo lo sujetan con una correa que se apoya sobre la frente. Curvados, con un paso ligero y corto como un trotecillo, caminan hacia la plaza del mercado, donde constituyen el elemento humano más numerosos y donde se muestran en su ambiente y algo más desenvueltos".

 

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